Juan era de un temperamento nervioso, fatalmente inspirado, y
cuyas acciones a fuerza de rápidas e ineludibles, marcaban una inconsciencia
rígida en el cerebro que había desprendido la concepción.
Su ser cuadraba una neurosis superior, completa, honda,
ardiente, sanguíneamente atávica. Era acaso el sentenciado de una antigua y
anónima epopeya de sangre, cuyas estrofas de rubí goteaban sobre su destino.
Tenía las cualidades de un gran criminal: la resolución
rápida, abofeteada por una necesidad imprescindible de matar; sus brazos tenían
una musculatura heroica, y su cabeza, tocada con cincel rudo, tardaba en pasar
de la idea al hecho el tiempo que tarda el puñal en salir de la vaina.
Juan mató,
porque tenía que matar. Y mató a una mujer, a la primera que encontró, a las
doce
de la noche de
un mes de verano.
Corrió
furiosamente, dejando tras de sí una puñalada y marcando su carrera con las
manchas
de sangre que
goteaba su cuchillo enrojecido.
En las calles
desiertas resonaba su galope precipitado y jadeante de fiera herida.
Juan fue a un
baile de máscaras, y el baile encendió su sangre. Las risas le herían como un
insulto, y las parejas que se movían alrededor suyo
se burlaban de él. Las colgaduras rojas eran manchas de sangre coaguladas en la
pared, y sus ojos se bañaban en una visión de púrpura.
Era siempre la necesidad diatésica de matar. Y Juan mató a
una máscara con quien fue a cenar, y la dejó tendida sobre el diván, con el
pecho abierto, manando borbotones de sangre que iban a empapar un ramo de rosas
pálidas que llevaba prendido al seno.
Juan se acostó y apagó la luz; y en la oscuridad veía sangre,
una lluvia de sangre que mojaba su cuerpo. Sentía un furor desesperado, con
deseos de volver al restaurante y apuñalar a aquella mujer que seguramente no
debía estar muerta.
La carne le enardecía, como un manto punzó tendido ante un
toro. Deseaba herir, desgarrar, clavar su puño en una herida abierta para
agrandarla más. Una vaporización sanguinolenta flotaba ante sus ojos,
hostigándole como un horizonte insalvable. Sus fosas nasales se abrían en una
aspi- ración húmeda y caliente, y sus oídos vibraban en una audición de sangre
brotando en oleadas.
Poco a poco, la
bruma sangrienta fue desvaneciéndose y la excitación pasó, Juan pudo
conciliar el
sueño y se durmió.
Hacía mucho tiempo que había cerrado los ojos, cuando se
despertó con una angustia indecible. Había sentido que le llamaban con una voz
lejana que iba acercándose hasta llegar a la puerta.
El conocía esa
voz: era la voz de una muerta que había dejado tendida en el diván, a la que
había asesinado.
La muerta resucitaba y se acercaba lentamente a su cama, lentamente...
Sus cabellos se erizaban, y su garganta no daba paso a un
sonido. Se recogía cuanto le era posible en la cama, y su expresión contraída
delirantemente por el terror, daba de bruces sobre la almohada.
La puerta chirrió como si se abriera, y sintió un ruido de
pasos vedados, cada vez más perceptibles. Se detuvieron al lado de la cama y un
soplo glacial cayó sobre su cara, en tanto que una mano helada se posaba sobre
la suya y la elevaba irremediablemente hasta un agujero, viscoso como sangre
coagulada.
Juan dio un
grito de horror y abrió espantosamente los ojos.
La visión
escarlata había desaparecido. Todo era negro, sombríamente opaco, en cuyas
ondas se sacudía -como
el revoloteo de una ave agorera- su digna estrangulada de arterioesclerótico.
Y en seguida sintió un cuerpo
frío que se deslizaba al lado suyo, y sintió a la muerta que le comunicaba su
hedor y rigidez, y su brazo que no podía apartarse de aquella herida abierta y húmeda.
La muerta
se apoderaba de su carne, sin que todo el horror desesperado pudiera separarle
de ella. Y sintió una cara inerte que se dejaba caer sobre la suya, y aunque
quiso apartarla no lo pudo conseguir.
Juan pasó toda
la noche acostado con una muerta que apoyaba la cabeza en su pecho y sin
poder separar la
mano de la herida que él había abierto con el puñal.
¡Así pasaron una
hora, dos, tres, loco de terror, delirando constantemente, y siempre la
muerta a su
lado!
Al otro día
hallaron a Juan, muerto en la cama, con una puñalada en
el pecho. Su
rostro tenía una expresión de locura horrorizada; y en el cuarto, que revisaron
por todos lados,
sólo hallaron un ramo de flores pálidas manchadas de sangre.